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martes, 21 de junio de 2016

DE LA OFICIALÍA A LA MAESTRÍA

LA ESCUELA PROFESIONAL EN LOS AÑOS DEL FRANQUISMO  (II) 

Juan Carlos Sánchez COrralejo 

De la Escuela Profesional al IES Don Bosco, pp. 38-41.
 I.S.S.N.   84-690-2378




DE LA OFICIALÍA A LA MAESTRÍA.- En 1960 la Escuela aparecía totalmente consolidada y su título era convalidable con el de bachillerato elemental. Así lo expresaba el alcalde valverdeño: «esta escuela ha sido reconocida por el Ministerio de Educación Nacional recientemente y el título que expide tiene validez oficial en toda España; es más a partir del próximo curso, con la posesión del título final de capacitación se podrá convalidar fácilmente en un Instituto de Segunda Enseñanza por el de Bachiller Elemental»[1].

El decreto 914/1960 de 4 de mayo (BOE del 13 de mayo) estableció las convalidaciones entre la Formación Profesional y las de Bachillerato Laboral Elemental  y Bachillerato General Laboral. En 1963, por decreto de  31 de enero, el taller-escuela fue reconocido como centro no oficial, o lo que es lo mismo se le reconoció el  Grado de Oficialía Industrial, de conformidad con lo preceptuado en la Ley de FPI. La Ley de 20 de julio de 1955 de Formación Profesional Industrial buscaba una preparación adecuada de los trabajadores técnicos. Para ello, establecía escuelas de pre-aprendizaje, escuelas de aprendizaje y escuelas de maestría industrial. Las dos primeras tuvieron cabida en la escuela profesional valverdeña, no así la tercera.  Por ello, aquellos primeros alumnos permanecían en el centro 5 años, dos de aprendizaje, -más tarde llamado curso de adaptación, a fin de convalidar los estudios primarios, a menudo inacabados-  y tres de oficialía. Terminaban con el título de oficiales de 3ª categoría, que había de ser revalidado en la Escuela de Maestría Industrial de Huelva. Por tal motivo, a principios de junio se celebraban los exámenes finales de 3º de oficialía, para dar tiempo a los alumnos a presentarse a los exámenes de reválida que se celebraban en la capital onubense.  En 1966, la escuela valverdeña de artes y oficios envió a la revalida a los 25 alumnos de 3º de oficialía. Todos resultaron aprobados, muestra palpable de la calidad de las enseñanzas impartidas en Valverde.    

La puesta en marcha de la escuela de F.P. significó un incremento notable de las posibilidades de promoción laboral de las clases más modestas de la localidad. La enseñanzas del centro sindical iban dirigidas «exclusivamente hacia los hijos de los trabajadores y son totalmente gratis, fácil es comprender el interés tan enorme que supone para la clase más débil de nuestra ciudad y que hasta ahora se ha visto imposibilitada de que sus hijos pudieran aspirar a una profesión»[2]

A raíz de la Ley General de Educación de 1970 se solicitó al Ministerio de Educación y Ciencia el reconocimiento del centro de los grados primero y segundo de la nueva Formación Profesional. Poco después fue posible cursar en Valverde el segundo grado de formación profesional en las ramas de electricidad, construcciones metálicas y máquinas herramientas[3], y quedo sin efectividad el viaje hasta las escuelas de maestrías de Huelva o de Cabra.


LOS CURSOS DE FORMACIÓN PROFESIONAL ACELERADA.- Las instalaciones del taller-escuela acogieron también cursos de formación profesional acelerada, organizados por la Obra Sindical de Formación Profesional y subvencionados por el Patronato Nacional de Protección al Trabajo. En apenas seis meses de actividad se pretendía dar una cualificación profesional a cientos de trabajadores y «arrancar del oscuro peonaje a los valores humanos». Las lecciones de apertura y de clausura  tenían ese hondo matiz adoctrinador y esa cantinela harto repetida de «hombres de buena voluntad que –según el lenguaje oficialista y en alguna ocasión reproducida por el director Vázquez Limón- son imprescindibles para estos sistemas de enseñanza». Gracias a estos cursos muchos chicos valverdeños y del Andévalo lograron una cualificación profesional que resultaría básica para su promoción laboral. Así nos lo confirman muchos de nuestros entrevistados.

Del 2 de mayo al 30 de octubre de 1963 se celebró el I Cursillo de Formación Profesional Intensiva, dirigido a la preparación de obreros afectados por procesos migratorios. Para tal fin se concedieron 24 becas: 12 de chapistas y 12 de instaladores. Los requisitos eran tener una edad entre 18 y 42 años, saber leer y escribir y los rudimentos de las cuatro reglas de la aritmética, además de no padecer enfermedad contagiosa, ni defecto físico que impidiera realizar los trabajos propios de cada especialidad[1]. En noviembre de 1963 se organizó el II Cursillo de Formación Intensiva, organizado de nuevo por la Obra Sindical de F.P.  Los exámenes de acceso se convocaron  en la primera semana de noviembre. Se ofrecían 12 plazas de chapista y otras 12 de instalador. Los exámenes, celebrados el 6 de noviembre de 1963,  tuvieron dos sedes: una en la capital y otra en el propio Centro de F.P. de Valverde, a fin de facilitar el desplazamiento al lugar más cercano de cada uno de los candidatos[2]. En junio fue clausurado este nuevo curso intensivo con un discurso del director, Juan Vázquez Limón, exhortando la labor de la Organización Sindical y las bondades de la Asociación de Becarios y de ex Becarios. En el curso 1964-65 se realizó el III Cursillo de Formación Intensiva en las ramas de torno, instaladores electricistas y chapa. La relación de alumnos admitidos aparece a continuación:

TORNO

ELECTRICISTAS

CHAPISTAS

ALUMNO
Localidad
ALUMNO
Localidad
ALUMNO
Localidad
Juan Pérez Ramírez
Valverde
Andrés Pérez Mora
Valverde
José Palanco Castilla
Valverde
Federico Morcillo Arroyo
Valverde
Daniel Mantero Castilla
Valverde
Juan A. Parreño Borrero
Valverde
José  Hidalgo Gallardo
Valverde
José Moya Palanco
Valverde
José Lorca Corralejo
Valverde
Pedro Vizcaíno Fiscal
Valverde
Israel Cejudo Arrayás
Valverde
José M. Calero Díaz
La Palma
Agustín Rico Martínez
Calañas
Germán Llanes Moreno
Valverde
Juan J. López Ponce
La Puebla
Tomás Mora Gómez
Calañas
J.M. Romero Domínguez
Valverde
A. Mora Domínguez
La Puebla
Juan Sánchez Fernández
Calañas
A. Bermejo Castilla
Valverde
Fausto Galán Gil
La Puebla
Julián Delcán Arroyo
Calañas
Mº Hidalgo Domínguez
Valverde
Gonzalo Díaz Mora
La Puebla
Fº Fuentes Ortega
Moguer
J.Mª Vázquez Zarza
Zalamea
J.A. Rodríguez Uranga
S. Bartolomé
Fª Gómez Rosado
Castillejos
Juan Rivas García
Zalamea
Fº Millán de Vayas
Hinojos
Manuel  Sánchez Serrano
Corrales
Fº  Gómez Encarnación
Almendro
Pedro Moreno González
El Cerro
Agustín Romero Fdez
El Cerro
Diego Acuña Cruzado
Huelva
Lorenzo Rico González
El Cerro
Ezequiel Perea Villegas
Trigueros
Carmelo Sánchez Rivero
Villalba
Agustín Romero Vázquez
El Cerro
Sancho Santiago Delgado
Trigueros
Rafael Arenas Rdguez
Trigueros
José Vázquez Castillejas
Huelva
Rosendo Fdez Millares
Trigueros
Manuel Romero Cortil
Trigueros
Alberto Conde Bautista
Huelva





[1] Odiel. 27-3-1963.
[2] Odiel. 1-11-1963.


E

miércoles, 15 de junio de 2016

LAS APARADORAS DEL TALLER ESCUELA


Mucho debe la sociedad valverdeña al IES Don Bosco en el difícil camino de la integración social femenina. El taller de aparadoras siguió funcionando, y sobrevivió, aunque sin autorización oficial, al desmantelamiento de la escuela de zapatería, y prosiguió su vida hasta bien entrada la Ley General de Educación de 1970, convirtiéndose en un excelente cauce de integración social de la mujer valverdeña. Desde el primer momento se mimó a las aprendices de los diferentes cursos de cortes-aparados. Al igual que los chicos, ingresaban mediante un examen de acceso y dividían sus enseñanzas en dos cursos de pre-aprendizaje y tres de aprendizaje, aunque fue habitual en los primeros años que la mayoría de alumnas ingresara directamente en el grado de aprendizaje. La escuela profesional les brindaba –así lo atestiguaba la revista Adelante- además de los conocimientos propios del oficio, clases de cultura general. Cursaban tres horas de taller completadas con clases de Geografía e Historia, Gramática, Matemáticas, Religión y no podían faltar en aquellos años  “Labores” y “Prácticas de Hogar”. Entre las profesoras generalistas aparecían Ángeles Nieto Salgado, la Srta “Noni”, Antonia Pérez Aparicio, Carmen Sevilla y Ángeles Barrero. A mediados de los 60, Gracia Clemente Duque, natural de Trigueros era la profesora de educación física y la de humanidades Juani Robles. Además, las chicas disponían de su propia celadora,  María Dolores Suárez.  



1ª Promoción de aparadoras




2ª pormocion. Foto de Rosario Prera

Manuel Romero Pérez impartía la tecnología del calzado, Manuel Lorca Sánchez las clases de dibujo,  Enrique Seguí les enseñaba a cortar zapatos, mientras que Dolores Vélez Domínguez fue la primera encargada de las clases del taller de aparado. Con amplios conocimientos -ya que era propietaria de una fábrica de calzado en el Cabecillo de la Cruz, junto a su hermana Gregoria, dedicada a la producción de zapatos de hombre y mujer y las conocidas “manoletinas”-, fue una profesora de mucho carácter y muy hábil con las manos: sabía hacer zapatos, objetos de marroquinería (bolsos, cinturones), alfombras, muñecos de fieltro, esteras de pita, cosidas con hilo de cáñamo. Además, enseñó a las chicas a coser, a hacer croché e incluso las introdujo en el planchado de la ropa de los internos, aunque esta tarea era odiada por la mayoría de ellas. Nada se le resistía. Tras su marcha, fue sucedida por Aurora Domínguez Berrocal, quien se ocupó de las clases de corte y confección y, voluntariamente, de  las  de guitarra y habaneras, tanto en su etapa en la escuela profesional, como más tarde siendo educadora de la residencia.

Además, las chicas debían superar el curso de la canastilla. Debían prepararse para ser madres y por ello debían comprar telas y confeccionar la canastilla, dirigidas por la señorita Noni y más tarde por Ángeles Barrero: dos camisitas interiores, unos patines, un chalequito y el batón con sus encajes y sobrefalda.  Luego la canastilla se regalaba a la sección femenina. Como lo mismo vale un roto que un descosido, las chicas se ocuparon incluso de las labores propias del personal de limpieza y colada-, cuando aquel fue víctima de una dura gripe y labor suya era asimismo el planchado de la ropa particular y de cama de los internos.

El material imprescindible se componía del uniforme azul de Falange –una simple bata con cinturón y dos bolsillos, decorada con el escudo del partido único- y los arreglos del aseo: toalla, pastilla de jabón, peine...  En la festividad de San Juan Bosco se ponían el uniforme de gala, compuesto de falda azul tableada,  blusa blanca y unos puchos azules que evitaban que se vieran las piernas de las chicas al hacer las tablas de gimnasia. El material escolar se reducía a la «Nueva Enciclopedia Escolar, Iniciación Profesional», editada por Hijos de Santiago Rodríguez. La obra encerraba en un único manual los contenidos básicos de Religión, Lengua Española, Ortografía y Literatura, Aritmética, nociones de Contabilidad,  Geografía, Historia de España, desde la Edad Antigua a la Contemporánea,  Física, Química, Geología, Botánica, Zoología,  Derecho, y Fisiología e Higiene. Todas reconocen haber recibido una formación, tanto técnica como humanística de calidad. Muchas recuerdan las clases de anatomía y el moderno esqueleto que se iluminaba para mostrar las venas y arterias. También muchas de las alumnas conservan el recetario que hicieron, gracias a las explicaciones del profesor de dietética y nutrición. 

La función de las aparadoras en la industria del calzado era y sigue siendo coser mediante máquinas planas o cilíndricas  las piezas suministradas por la sección de cortes. Inicialmente se las enseñaba a aparar utilizando papel y sólo en los últimos cursos tenían acceso a la materia prima real, el cuero. El curso 1957-58 poseía 34 aprendizas, distribuidas en dos cursos escolares. Finalmente, se les enseñaba a confeccionar labores de artesanía con pita, rafia o la elaboración de alfombras, cinturones y bolsos. La escuela-taller les facilitaba  la ropa de trabajo y el atuendo de deportes, así como el almuerzo y la merienda, todo ello de forma absolutamente gratuita[1]. El almuerzo se componía de dos platos y postre, y la merienda de un trozo de pan y otro de chocolate, repartido, a los pies de las escaleras, por el conserje.
Viaje a Cádiz. Junio de 1965 
Alumnas de aparado. Febrero de 1964


Desde su fundación en 1956, la escuela formó a un ingente número de niñas. En la primera promoción destacaron  Isabel Membrillo Vélez, Dolores Corralejo Borrero, María Sacramento Vélez Lazo, María Parra Moriche, Araceli Guisado Vera, Fernanda Herrera Villegas, Inés María Lazo López, Reposo Sánchez Borrero, Isabel Mantero Corralejo, Mari Carmen Garrido Buenafé, Josefa de Jesús Fiscal Salas, Ana Arrayás Ponce, Juana Rodríguez Moro y María Reposo Gorgoño  Delgado… En la segunda promoción destacaron Rosario Ramírez Prera, Arsenia Chaparro Domínguez, Isabel Vélez Mongango, Iluminada Castilla Mongango, Mª Josefa Requena, las hermanas María y Francisca Romero, Josefa Fiscal, Juani Garrido, Juani Rodríguez, Purificación Romero, Dolores Blanco Blanco, Dolores Moya Moya, María Fernanda Garfía, Dolores Fiscal, Reposo Pernil, Reposo Quintero, Josefa Cejudo, Isabel Tocino Fiscal, Loli Corralero, Francisca Vizcaíno.  En  el curso 1964-65 fueron alumnas Mª Dolores Pedrada, Petri González, Mª Dolores Quiñones, Mª de los Ángeles Tocino, Josefa Constantino, Natividad López, Ana Bermejo, Gloria Lazo, Manuela Galán, Teresa Mantero, Ilde Alamillo, Mª Reposo Tirado, Ramona Mantero, Aurora Bermejo, Ana María, Mª Cristina Carrero o Manuela  Boniquito entre otras.  

En el curso 1975-76 solo había 3 alumnas: Pepi, Elisa y Conchi. Las clases seguían a cargo de Pérez Vázquez, Ramón Mora,  Ángeles Barrero, mientras que Aurora Domínguez se encargaba de las clases de aparado y de corte y confección. Fue el penúltimo año de las chicas de cortes aparados, ante la falta alarmante de matriculaciones. Muchas de aquellas jovencitas se dedicaron  a aparar en sus propias casas la “tarea” que les encomendaban las principales empresas locales.   

Las chicas, igual que sus compañeros varones, recibían una educación disciplinada. La celadora se ocupaba de controlar las salidas, tanto en el recreo como en los cambios de clase, poniendo especial cuidado en no permitir la cercanía entre chicos y chicas. Si los chicos estaban en el patio superior, las jovencitas quedaban recluidas en el patio de abajo o en las pistas deportivas. Rosario Ramírez Prera nos confirma que ante cualquier chiquillada «nos ponían en el tablón de anuncios, lo que nos daba mucho coraje». De ahí, se hacía necesaria la visita diaria al tablón de anuncios para comprobar si se había recibido algún castigo, el motivo y la sanción impuesta. Mª Dolores Pedrada nos recuerda que, a mediados de la década de 1960, la cuestión continuaba igual. «Si  hacíamos alguna chiquillada nos castigaban de pie en el pasillo, junto a los despachos del director y el secretario. Si no aparecían las culpables de la pillería, el castigo se hacía extensivo a toda la clase». El escarmiento era mayor, ya que además recibían las burlas de sus compañeros varones.  La promoción de 1964 recuerda una sanción que les dolió de manera especial: programaron una excursión a Monte Gordo y por una travesura que hicieron en el taller les prohibieron las salidas durante todo el curso. Pepi Flores recuerda cómo, incluso en los últimos años, había que cumplir dichos castigos los domingos, sin poder salir del salón de actos. 

Sólo por San Juan Bosco –la venia parecía proceder del santo- se levantaba la prohibición de hablar con los chicos. La festividad permitía un cierto relax dentro del asfixiante control al que eran sometidos los alumnos. Pero la cerrazón y dura disciplina era rechazada a veces por las más osadas. Arsenia Chaparro nos recuerda, desde Sitges, su paso por el centro y la escapada, capitaneada por Dolores Blanco y Dolores Moya con ocasión de los carnavales, el aviso de Francisca Ramírez para evitar males mayores, el envío de cartas a las niñas afectadas y el enfado de muchos padres ante aquel incidente. 

San JUan Bosco. 1964

Esa misma exigencia se hacía extensible a la obligación del estudio. Cada año –así lo recuerda Mª Dolores Pedrada- «había que sacar nota suficiente para el siguiente curso, si no, no teníamos beca y sin beca nos expulsaban». Era necesario que las alumnas hincaran los codos si querían continuar en el centro, al menos un año más. Arsenia Ramírez nos cuenta también cómo la escuela abría una cuenta corriente en la Caja Provincial de Ahorros, sita en la calle Calvo Sotelo –actual Real de Arriba-, número 40, a las primeras alumnas, con la prohibición de sacar sus caudales antes de cumplir los 18 años. Pero muchas de aquellas jovencitas no acabaron la oficialía ante las urgencias económicas de sus familias y comenzaban a trabajar en alguna de las fábricas valverdeñas, apenas cumplidos los 16 años. 









La integración social femenina vino no sólo de la mano de la formación profesional, sino también del deporte. Para las chicas el régimen franquista había previsto la gimnasia rítmica y el voleibol, mientras que reservaba para los chicos el fútbol y el atletismo. El uniforme deportivo se componía de una falda azul tableada y de blusa blanca y, junto a la falda, el «pucho», una especie de pantalón con elástico por encima de la rodilla para evitar exponer los muslos de las chicas a la vista inquieta de sus compañeros. Junto a las “pistas de abajo” pasaban las aguas sucias de Valverde, aún sin canalizar y más de una vez caía en ella la pelota de voleibol. Pese a todos los inconvenientes, estas chicas alcanzaron altas cotas en las competiciones andaluzas. Un buen ejemplo fue el equipo femenino de voleibol (por entonces conocido como balón volea) del Centro Sindical que llegó a ascender a Segunda División. Se había formado bajo los auspicios de Ángeles Barrero, a la sazón profesora de educación física, aunque fue realmente su marido, Antonio Fernández Rabadán, quién se convirtió poco después en su entrenador y verdadero adalid. El curso 1973-1974, las chicas del voleibol jugaron federadas y quedaron campeonas de la Tercera División, enfrentándose a equipos de reconocida talla como Gil Márquez, Veracruz y Telefónica, todos ellos de la capital onubense. Fue, por entonces, el único equipo onubense capaz de ascender a  Segunda División Andaluza.

Las componentes del «Medina Valverde» fueron Rosario Bermejo Bermejo, Luci Romero de la Rubia, María Isabel Pérez Rodríguez, Petra Cejudo Corralejo, María Dolores Quiñones Boniquito, María Romero Vázquez, Rosario Cruz Trabajo y Josefa Bermejo Bermejo. La escuela les ofreció el equipamiento: falda blanca y blusa celeste, y el ayuntamiento les regaló un balón. La subvención de 750 pesetas con cargo a la Delegación Provincial de Balón Volea les permitió el abono de su desplazamiento a las provincias de Sevilla,  Cádiz, Córdoba y Málaga. En la liga del año 1975-1976 se torció  la trayectoria del equipo: a principios de noviembre de 1975, -Franco se encontraba ya en el lecho de muerte desde finales de octubre-, la Sección Femenina decidió no seguir apoyando al equipo ante la falta de presupuesto. Las valverdeñas tuvieron que retirarse de la competición. Este fue el  fin prematuro de este conjunto aficionado que elevó a enormes cotas el  nombre de nuestro pueblo y de nuestro centro educativo. 




Hoy en día, la integración femenina parece estar superada, aunque siempre quedan flecos. Por ello, desde el centro, tratamos de  profundizar en el camino de una verdadera coeducación.






[1] Adelante, nº 1.

miércoles, 11 de mayo de 2016

LA FESTIVIDAD DE SAN JUAN BOSCO, patrono de la formación profesional, era la que más pasiones levantaba entre la chavalería de los talleres. La víspera había cine: la escuela pagaba la entrada a sus alumnos para acudir al Cinema Valverde. Las actividades del 31 de enero se iniciaban con la celebración de la misa. En 1960, el 31 de enero fue domingo. Por los datos extraídos del Boletín Parroquial, los alumnos de la escuela profesional  tuvieron misa a las once de la mañana, oficiada por el profesor de religión, el reverendo. Manuel Vélez Fernández[1]. Pero en los años posteriores, la fiesta se trasladó al propio centro escolar. Empezaba con una misa de comunión general, a menudo celebraba en el vestíbulo del centro escolar. En 1962 fue oficiada por el párroco de Trigueros, mientras se ocupó de la plática  Manuel Vélez, a la sazón profesor de religión y de lengua del taller-escuela. A fines de la década de 1960, la eucaristía se hizo más rica , gracias a los cánticos del coro mixto del colegio que interpretaba a cuatro voces salmos y espirituales, y las ofrendas de trabajos en piel, madera, chapa y electricidad por parte de los propios alumnos «mediante sencillas pero devotas palabras»[2].

Tras la misa, llegaba la representación teatral,  preparada por los propios alumnos, entre los que destacó Consuelo Romero, a pesar de sus problemas de garganta. A continuación, alumnos, profesores y autoridades pasaban a la explanada anterior, situada delante de la fachada principal, donde se celebraban espectaculares pruebas de gimnasia y tablas de educación física, saltos de potro y caballete, todos ellos profusamente aplaudidos por la asistencia. Se completaban los actos con los tradicionales juegos entre alumnos: carreras de sacos, carreras de cintas, o el difícil arte de comer chocolate con los ojos vendados. Se jugaba por parejas, de manera que cada tándem trataba de dar chocolate al compañero. Era divertido y el cacao acababa llenando a todos, jugadores y espectadores. Resultado parecido tenía la búsqueda, con la simple ayuda de la boca, de la moneda escondida en el plato de harina. Muchos curiosos, habitantes de los alrededores, se asomaban al patio y eran copartícipes del jolgorio general.

La carrera de burros era de los actos más espectaculares. Los alumnos participantes buscaban el burro más viejo, ya que, según las reglas de esta curiosa competición,  ganaría el que más tarde llegara a la meta. La prueba bordeaba el antiguo campo de fútbol y volvía al centro a través de la calle Diputación. A continuación, se procedía a la entrega de premios de los campeonatos deportivos celebrados las semanas anteriores: tenis de mesa, ajedrez, damas, dominó, fútbol, baloncesto y voleibol.  La celebración continuaba  con el almuerzo común y finalizaba con una velada folklórica en la que algunos de los alumnos mostraban sus inclinaciones artísticas.  El 31 de enero de 1962 fueron artistas por un día los alumnos María Josefa,  Gloria Arroyo, Mari Carmen Diéguez Vélez y un conjunto de baile. El cronista habla asimismo de la valiosa colaboración en estos actos de la sección femenina, a través de dos de sus camaradas enviadas al centro con el cometido de asesorar  para que la fiesta alcanzase la mayor brillantez posible.

No faltaban los representantes de la Organización Sindical franquista, siendo habitual la presencia del delegado provincial de sindicatos. En el San Juan Bosco de 1967, a las 11 de la mañana, como era habitual, se celebró  la misa oficiada por el capellán, con panegírico a cargo del asesor religioso de la Organización Sindical, el Padre Castro Merello. Tras el programa de actividades lúdicas, se impusieron medallas a los productores León Ortega y Contreras. Por la tarde, actividades deportivas y la sesión cinematográfica[3]. Dos años más tarde, en 1969, las autoridades estaban compuestas por Ángel García del Bello, secretario provincial  de Sindicatos,  José Martí Pascual, vicesecretario de obras sindicales, y el Sr Buade, secretario de la obra sindical  de Educación y Descanso[4].

Desde 1975 se amplió la oferta lúdica con la celebración de una fiesta de fin de curso, uno de cuyos puntos destacados era la elección de la reina del T.EJ.A. (Taller Escuela José Antonio) y de sus damas de honor. En 1975 la elegida fue Antonia García Blanco, acompañada, en calidad de damas de honor, por Manoli Contioso Mora, Pepi Flores Gutiérrez, Manoli Fernández Gutiérrez y Ana Mª Cera Recio, y por los  hijos de Rami y Javier «Zarrita», encargados aquel año de llevar las bandas. En el salón de actos, las damas y la reina se ocupaban de la entrega de premios a las actividades culturales y deportivas. El acto acababa con un fabuloso baile con orquesta para los chicos y chicas y sus familias, celebrado en las pistas deportivas. 

Al año siguiente, en 1976, las pocas alumnas que quedaban coparon los puestos de honor: Conchi , la reina y sus damas  Elisa, Repo León y de nuevo Pepi Flores. Al año siguiente, cuando el taller de cortes aparados estaba a punto de desaparecer, las elegidas fueron Pepa Ramos, María José Morián, Manoli Contioso. Juani Macías y Elisa.



[1] Hoja parroquial. Domingo 31 de enero de 1960
[2] Odiel, 6-2-1969.
[3] Odiel 26-1-1967
[4] Odiel, 6-2-1969.

domingo, 20 de marzo de 2016

EL PERSONAL NO DOCENTE

EL PERSONAL NO DOCENTE.- La escuela profesional no era sólo lugar de cita de profesores y alumnos. Junto a ellos tenían un papel fundamental los educadores y capellanes, así como el personal de  administración y servicios.

Párroco y capellanes.-  En los inicios, había misa todos los domingos en la propia escuela. Eran las alumnas de cortes aparados, quienes, por turnos, preparaban el altar en el salón de actos, antes de que llegara el capellán para oficiar la eucaristía.

En noviembre de 1955, tras un periodo de interinidad, el sevillano de Constantina Juan Romero Oviedo tomaba posesión oficial de la parroquia de Nuestra Señora del Reposo como párroco y arcipreste de la ciudad y su partido judicial. Desde entonces su presencia fue habitual en los actos oficiales. Pero, además, la escuela dispuso de su propio capellán. El primero fue José María Camacho Prieto. Natural de la Palma del Condado, llegó a Valverde por iniciativa de Torrelo. Era un cura batallador, capaz de pelearse con cualquiera por un alumno al que a su juicio le habían denegado una beca injustamente. D. José, como le llamaban sus alumnas fue depurado por el régimen franquista. La mano ejecutora fue el propio Torrelo, y el motivo bien simple: hizo llegar a las chicas de cortes aparados “El libro de la vida”, que hablaba sobre la pareja y la sexualidad. Al ser descubierto, debió abandonar el centro. Tras su cese, le sucedió Manuel Vélez Fernández, natural de Olivares, quien se convirtió en el segundo capellán, desde 1958 hasta mediados de la década de 1960. Además de profesor de lengua y de formación religiosa era un sevillista acérrimo que se perdía en sus propias explicaciones de clase, cuando alguno de sus alumnos astutamente –a menudo el encargado era José Arenas Parreño, alumno de la 1ª promoción- le hablaba de su Sevilla de su alma. Siempre incentivó a sus alumnos el espíritu de trabajadores cristianos que debían cumplir sus tareas «según los preceptos de la fe». En octubre de 1966 se despidió del centro, tras ocho años de docencia y apostolado,  al ser nombrado beneficiado de la Santa Iglesia Catedral de Huelva[1]. En la segunda mitad de la década de 1960 ocuparon su plaza Ileano Hidalgo y Eugenio Lobo Conde, los llamados “curas comunistas” del taller-escuela, capaces de impregnar a sus alumnos un cierto fermento de contestación al régimen. Finalmente, pasaron por el centro Juan Carlos Hidalgo, José Mora Galiana y José Prieto  Santana.

Junto a las enseñanzas habituales era obligatoria la formación política y sindical, proyectada a través de cursillos, conferencias y charlas orientadoras. Igualmente, a lo largo de la década de 1960, se ofrecían charlas de orientación religiosa. En 1966 el encargado fue Agustín Castro Merello, asesor religioso de la Delegación Provincial de Sindicatos[2]. La educación de la época franquista –en palabras de Stanley G. Payne- enfatizó  el nacionalismo y la religión dentro de una estructura de autoritarismo y de tradicionalismo cultural. Ya con el aire de los nuevos tiempos y en plena democracia, en 1986, se incorpora al centro una teóloga, muy querida por todos, Ana María Ríos.

Los educadores.-  Aunque eran los celadores, Manuel Moro y Francisco Bermejo, los encargados de bregar con la chavalería, siempre fueron ayudados por los educadores. Inicialmente esta figura era desempeñada por profesores que completaban horario, dedicando su saber y su tiempo a la noble tarea de instruir y educar. Entre ellos destacaron Ramón Mora y Javier López durante la dirección de Juan Vázquez Limón. Cuando el taller de aparado llegó a su ocaso, a mediados de los 70, tanto Aurora Domínguez como Manuel Lorca pasaron a trabajar como educadores de estudio y vigilantes de las habitaciones y del comedor, inicialmente en la propia escuela  y, más tarde, en la nueva residencia escolar. Allí llegaron asimismo otros profesores como Luis Duque, Luis Palomar o el administrador, Miguel Ángel Losada, así como varios miembros del personal de servicios como Ana González María o Pepa Howard.

Luis Duque Cejudo  (            - 2011), maestro nacional. En 1958 fue uno de los artífices de la Academia                

«Muy señor mio. El maestro de 1ª Enseñanza con residencia en esa localidad D. Luis Duque Cejudo,  tiene  solicitado en esta oficina información para incoar el oportuno expediente solicitando de la Dirección General de Enseñanza Primaria autorización para el legal funcionamiento de una escuela de carácter privado en ese pueblo»[3]


Con posterioridad Luis Duque  ,  entró en el centro como educador, tras la clausura de la Academia y su breve paso por Calañas[4], pero posteriormente se ocuparía de impartir humanidades.

El personal médico.- El centro contó con un practicante en plantilla, Manuel Romero Domínguez, el entrañable Manolito “el practicante”, quien disponía de su propia consulta con botiquín y camilla, ubicada en la que ha sido durante años sala de guardias del IES Don Bosco y actual departamento de orientación. En caso de algún traumatismo sufrido por los chicos eran acompañados a las consultas de los médicos locales,  José Castilla y Germán Cabrero, gracias a la existencia del llamado seguro escolar.

El personal de administración y servicios.- El personal administrativo original estaba constituido por José Carrero Mora y Ramón Baña Ramos, ambos permanecieron en el centro hasta su jubilación. Se ocupaban de la labor burocrática, el despacho de la correspondencia, los expedientes escolares, los boletines de notas y la administración de gastos, debiendo enviar las facturas a Baltasar Pérez Aparicio, administrador provincial de la Organización Sindical, el custodio máximo de las cuentas. Con posterioridad se incorporó a las tareas administrativas Miguel Ángel Losada Solís, ocupándose este último de la administración y José Carrero y Ramón Baña de las labores de oficina.   

  
Ramón Baña, José Carrero y Francisco Bermejo Doblado 


El primer conserje fue Francisco Contioso Moya. Desde 1954 actuaba como guarda de las obras del centro y tras su apertura pasó a ser conserje. Casado con Juana Cuesto García, limpiadora del centro, el matrimonio vivía en la propia escuela. Su casa era un semisótano de dos habitaciones, cocina y un gran salón-comedor situado en el extremo del ala derecha del inmueble. Desde el mostrador de la entrada se encargaba permanentemente de la vigilancia del centro.  Además, el matrimonio se encargaba de prepararle la comida a los chicos de la casa cuna de Ayamonte, que veían cerrarse el comedor del internado durante los días de vacaciones. En 1961, ya enfermo, Francisco pasó a la cocina e Isidoro Ruiza Carrero lo sustituyo en la conserjería.

Además, el centro contaba con dos celadores, Manuel Moro Donaire y Francisco Bermejo Doblado. A las 8:30 de la mañana acompañaban a los chicos al desayuno, y, a continuación, se ocupaban de tener las aulas preparadas con tiza y borrador, y tocar la sirena eléctrica para la entrada y salida de las clases. A la una del mediodía se almorzaba. Con anterioridad, los alumnos debían formar ante la puerta principal y entrar en fila al comedor, ante la atenta mirada de los celadores, quienes además vigilaban el comportamiento de los muchachos en la mesa y daban parte de las frutas y alimentos en malas condiciones. Además, iban por el correo y  ponían  la bomba para sacar agua del pozo, situada en el  espacio hoy cubierto por el edificio de la ampliación de 1997. Se ocupaban, asimismo, de lidiar con los chicos, acompañarlos en la sesión vespertina de estudios, que se prolongaba de 7 a 8:30 de la tarde, y finalmente debían dormir en la escuela. Los domingos, uno de los celadores acompañaba a los alumnos a la misa de once y media. La misa apenas se prolongaba media hora; de 12 a 1 se les permitía pasear por la Plaza, hora a partir de la cual se les acompañaba de nuevo al centro para el almuerzo.

Las chicas del taller de aparado contaron con una celadora-gobernanta, María Dolores Suárez San Miguel, viuda de Manuel Lama, sevillano, maestro de música, conocido como uno de los introductores de la zarzuela en Valverde, quien enseñaba además buenos modales en la mesa, ya que era la cuidadora del comedor y en alguna ocasión se la vio ayudando en las clases de  costura.

A ellos se unieron los encargados de las naves-dormitorio que sirvieron de ampliación al internado de la escuela, que se quedó pequeñísimo desde mediados de la década de 1960. Aunque no formaron parte de la plantilla del centro,  fueron muy queridos por los alumnos internos. Nos referimos a Pedro Mora Carrero, que trabajo en el dormitorio habilitado en el edificio de la antigua Culmen S.A. en la calle Dr. Marañón, durante la segunda mitad de los 60 y a Eliseo Moreno Delgado, encargado de los dormitorios habilitados en la Carretera de Calañas, en el inmueble propiedad de Manuel Duque Matías, a lo largo de la década de 1970. Muchos alumnos siguen recordando a Eliseo por su extrema bondad y humanidad. Fue capaz de reducir los partes de conducta a la mínima expresión, a base de saber respetar y escuchar a los chicos. En el local de Manuel Duque se habilitaron 187 camas. Abría a las 9 y media de la noche para recibir a los alumnos y a las 10 se apagaba la luz. A las 7 y media de la mañana los chicos comenzaban su peregrinaje hacia Triana. Fue por entonces, cuando se abrió un segundo dormitorio complementario al anterior en el Cabecillo de la Cruz, en la casa propiedad de Ramón Baña.   

El personal de cocina, limpieza y lavandería.- El centro contó con una afamada cocina, ubicaba junto a la nave de talleres y la antigua fragua. El cocinero jefe fue Julio Arroyo Gutiérrez, hombre muy ahorrativo, quien, en aquellos años de hambre y piojos,  tras recoger el pan de las sobras, disimulaba los mordiscos con un cuchillo, estando siempre preparado por si los críos pedían “reenganche”. Julio contó con la inestimable ayuda de Josefita Pérez Malavé, Ángela Artero Berrocal, Ana González María y Cristina Calero Pérez. Josefita Pérez nos recuerda cómo ganaba 53 duros al mes, sueldo incrementado gracias a los famosos “puntos”, en función de la amplitud de la prole de cada empleado, mientras Ana nos cuenta cómo las empleadas se dedicaban un poco a todo, ayudando además en las labores de limpieza, según las necesidades de cada momento. Su horario era variable: solían entrar a las 7 y media de la mañana para preparar el desayuno, tenían descanso a partir de las 11 y reingresaban a la una y media del mediodía para preparar el almuerzo. Por la tarde entraban a las siete y media, a fin de preparar la cena, volviendo a  casa a partir de las diez de la noche, una vez que dejaban montado el desayuno del día siguiente. Tras la jubilación de Julio, lo sustituyo en el puesto de cocinero-jefe Cristóbal Rodríguez Romero,  y su ayudante o pinche de cocina, Francisco Bando.

La cocina llegó desde Moguer. En sus fogones se preparó el rancho de cientos de críos. La pizarra ofrecía un variado menú: lunes (cocido), martes (lentejas), miércoles (frijones), jueves (paella), viernes (patatas con tomate), sábados (variable) y domingos (pollo asado). Por la noche, era diaria la sopa -preparada minuciosamente con costilla, tocino y garbanzos y sus pastillas de avecrén-, completada con huevos fritos con patatas, pescado o hamburguesas, la exquisita tortilla de los sábados por la noche o aquellas  natillas elaboradas con leche en polvo con sus galletas flotando.

Sabemos que dentro de la reestructuración que sufrió el centro en 1966 se incluyó el estreno de todos los utensilios del comedor: cubertería, vajillas, manteles y servilletas, así como un nuevo local junto con sus armarios y mesas. El antiguo comedor coincidía con la actual sala de profesores del IES Don Bosco e incluso se desparramaba por los pasillos cuando se quedó pequeña su primera ubicación. A mediados de la década de 1960, las chicas de aparado saciaban su hambre  en el comedor, mientras los chicos lo hacían a otra hora y ocupaban no sólo el comedor sino los pasillos aledaños. 

La cocina del taller-escuela alivió mucha hambre y no sólo la de los chicos y profesores, sino también de albañiles de obras en el centro o de grupos de gitanos de paso por Valverde. En ocasiones dio de comer a los alumnos del cursillo de capacitación y de formación cooperativa de la Obra Sindical de Cooperación  de Huelva[5]. Pero cuando más se engalanaba la cocina era por las fiestas de San Juan Bosco, cuando profesores, alumnos y autoridades comían a mesa y mantel. Entonces, el personal de cocina necesitaba ayuda exterior, llegando, a  veces, ayudantes desde Huelva.







Francisca Ramírez Garrido se ocupaba de la lavandería. Allí se aseaba la ropa de los chicos del internado, sabanas, pijamas y la ropa interior. Más tarde, recibió la ayuda de su cuñada, Inés Prera García, quien se incorporó a la plantilla de limpieza tras caer viuda. Las dos pasarían posteriormente al servicio de comedor, en calidad de camareras, ocupándose de la lavandería Reposo Caballero Duque y Carmen Boza Maestre. 

El servicio de limpieza y de dormitorios estuvo a cargo de Carmen Pérez Arnau, Fernanda Artero Berrocal, Juana Cuesto García, las hermanas Dolores y Antonia Sánchez Donaire y posteriormente Inés Prera y Pepa Howard, aunque ya hemos comentado que todas ellas, compartían tareas por semanas o por temporadas, alternándose en los distintos quehaceres.










[1] Odiel 14-10-1966.
[2] Odiel 8-12-1966.
[3] Comunicación de Fulgencio Prat, delegado provincial de EDucación al alcalde de Valverde.  12 de Noviembre de 1958. Leg. 360
[4]
[5] Odiel, 18-9.1962.